Solemos
decir que si algún día el hombre viera a Dios, se
sorprendería de su apariencia. ¿quién no ha
oído nunca eso de que Dios es una mujer?. Pues si Dios fuera
Ella, no cabe duda de que Ella tendría el rostro y la mirada
de Michelle Pfeiffer. Con todos mis perdones para los no creyentes,
creo no cabe ateísmo alguno en un mundo en el que cada día
pone sus pies sobre la tierra, Ella, la Pfeiffer. Si hay alguien
en ese Olimpo de vanidades que represente la Virtud, es Ella.
Con una carrera que comenzó más bien cercana al limbo
de las almas perdidas de la mano de una desastrosa adaptación
de un clásico de los 60 como fue “Grease”, la
trayectoria de Michelle Pfeiffer pronto empezó a desviarse
directa al Paraíso, con la ayuda de De Palma, claro está.
La mujer Halcón, la de los ojos vidriosos y el rostro de
porcelana, levantó pasiones en los 80 e inició su
vuelo directo a las estrellas del celuloide, y todavía no
ha regresado.
Michelle Pfeiffer no es una más, no es una amistad peligrosa
para nadie, ni tampoco vive en una permanente edad de inocencia.
Porque a ella, un día inolvidable la visitó la fortuna
para no abandonarla jamás. Su talento y belleza le ayudaron
en el camino, no podemos negarlo, su veneno procede de una flor
maligna, de lo profundo del océano, de un temperamento que
va más allá de los convencionalismos hollywoodienses:
Pfeiffer es la reina que olvida su
corona cada día en el cuarto de juegos de sus hijos. Su espíritu
familiar, su timidez envenenan, según algunos, su divinidad.
Pero es quizás eso lo que ha hecho de ella alguien cercano
y a la vez tan lejano.... Para nosotros, Pfeiffer es una mujer de
muchas caras: es la mujer que cuando llega la noche maulla en los
tejados, la camarera de la esquina, la diva intocable, la madre
respetable, la Única, en el mundo que puede decir “Yo
soy Michelle” cuando la saludan.
Los esteticistas llegaron hace poco (¿víctimas del
efecto retardado con que funciona el mundo en estos tiempos?) a
la conclusión de que ella es la mujer que reúne Todos,
absolutamente Todos los rasgos ideales de un rostro. No es difícil
imaginarse a todas esas féminas americanas víctimas
del American way of life y auténticas Fashion Victims del
consumismo sentadas a la espera de una “plastic surgery”
ojeando un catálogo de perfiles, semi perfiles y planos frontales
de la Pfeiffer. ¿Acaso creen todavía los científicos
que la perfección de la naturaleza es imitable?. ¿Es
que no aprendieron leyendo a Mary Shelley?.
La pasión por el talento y la persona de Michelle Pfeiffer
es como la fe, algo inexplicable. Igual que a Dios, a la Pfeiffer
no se la ve, se la siente. Cualquiera que ame el cine, ama a la
Pfeiffer, porque ella representa el esplendor de una época,
los años 80 y 90, en la que los mitos, las divas del estilo
clásico de los primeros años del cine, brillaban por
su ausencia. La Pfeiffer no entiende de autógrafos ni desfiles
que no sean los mínimos imprescindibles y justificables.
A veces puede dar la sensación a algunos de que ella está
por encima de eso, pero es que en realidad, lo está. Porque
a la Pfeiffer, como al buen vino, se la disfruta más y mejor
con el paso de los años. Su voz, su mirada y sus andares
por los platós de las mejores producciones de los últimos
años no tienen nada que envidiar a aquella joven Michelle
que, subida a un piano susurraba a las pantallas de los cines de
todo el mundo.
Puede
que ahora no se suba a pianos, ni se meta en un traje de cuero,
porque ahora es cuando el Mito descansa. Como suele ocurrir, las
más grandes tienen a los 45 y 50 años una etapa de
sus carreras caracterizada por la soledad y el trabajo esporádico.
Pero también suelen ser los años en los que grandes
personajes de mujeres maduras llegan a sus manos. Suponemos que
algo así pasará con Ella. Hasta entonces, seguiremos
contemplando el vuelo de la mujer halcón ..... y quién
sabe si algún día la oiremos rasgar nuestros tejados.
Lo mejor será que estemos atentos a esa llamada de Dios.
Written and Translated by CLATWOMAN
for Michelle
Pfeiffer, The Face
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