| Michelle Pfeiffer y
el realismo
Catálogo de instantes por: MARIUS
CAROL
Es la única actriz que ha aparecido
en seis ocasiones en la lista de las más
bellas de la revista "People",
así que, saturada de tanto halago,
confesó en una ocasión:
"Me gustaría
estar irreconocible". Michelle
Pfeiffer quiso con esta declaración
sobreponer su talento a su encanto, sobre
todo cuando algunos críticos cuestionaban
su credibilidad como intérprete,
lo que es una injusticia, pues a lo largo
de su carrera ha hecho papeles tan versátiles
como el de desdichada camarera, indomable
maestra, inocente amante o agresiva gata.
Tras cinco años de silencio, la
hemos visto de nuevo a raíz de
la inclusión de su estrella en
el paseo de la Fama de Hollywood, que
no sólo es avenida de vanidades,
sino también reconocimiento de
currículos. Esta reaparición
ha coincidido con la versión de
"Hairspray",
donde interpreta a una aborrecible ex
reina de la belleza, y su última
película, "Stardust",
donde se pone en la piel de una bruja
que envejece cinco siglos. Esta vez sí
ha conseguido estar irreconocible.
Recuerdo el día que tuve ocasión
de entrevistar a Michelle
Pfeiffer en un elegante hotel de
los Champs Élysées de París,
con ocasión del estreno de "Los
fabulosos Baker Boys",
que le valió la nominación
al Oscar a la mejor actriz. Un par de
días antes pude ver la película
en un pase privado, y la actriz me deslumbró
en la escena en la que cantaba "My
funny Valentine", reclinada sobre
el piano, con un traje abierto de lamé
rojo. He de reconocer que no sólo
sedujo a Jeff Bridges,
sino que, cuando hice la primera pregunta,
no me salían las palabras. Pero
lo peor fue que había leído
que de adolescente le acomplejaban sus
piernas y, después de admirarlas
en la película, le inquirí
al respecto. "En
la escuela decían que mis piernas
parecían patas de pollo, y la verdad
es que me las miraba y pensaba que mis
compañeros estaban en lo cierto,
así que me hace gracia que ahora
la gente me incluya en las listas de las
mujeres más bellas cuando lo pasé
tan mal." En este punto estuve
a punto de perder los papeles porque instintivamente
le miré los vaqueros rasgados,
como intentando comprobar por mí
mismo la injusticia de sus años
adolescentes.
Afortunadamente, no la he entrevistado
con ocasión de su última
película, donde encarna a una anciana
bruja obsesionada con rejuvenecer a cualquier
precio y plantificarse unos buenos pechos.
Durante la preparación del papel,
Pfeiffer, de 49 años, mantuvo incómodas
conversaciones con los productores sobre
el tamaño y la caída de
sus senos. Ella misma ha contado con cierto
disgusto: "Manteníamos
reuniones sobre la talla de mis pechos,
sobre lo caídos y pellejos que
debían estar ante la pantalla,
y resultó un poco raro".
A su juicio, el personaje refleja la obsesión
actual por la belleza y la juventud, que
lleva a la gente a situaciones ridículas.
Pfeiffer, que reconoce que aún
se siente joven y bella, ha demostrado
su sentido del humor cuando al respecto
ha dicho que quizás con la edad
perdemos vista para no ver los efectos
que la edad provoca en nuestro aspecto:
"Ahora mismo
veo fatal, pero encuentro a todo el mundo
guapísimo". Que es
una manera de reconocer que la naturaleza
es sabia y que los cincuenta no son la
edad de los milagros sino el tiempo del
realismo. Pero ella, a sus 49 años,
podría volver a tumbarse sobre
el piano y conseguir que Jeff o yo perdiéramos
por un momento la cabeza.
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