| Carta de Amor a Michelle
Pfeiffer
El Sótano de Ramón Mangareto
Querida Michelle:
Todo comenzó en un concurso de belleza. Allí
arriba estabas tú, como en el Olimpo, una adolescente
de belleza sin igual que en silencio, y con los ojos empapados,
recibía la corona de reina de la belleza del Condado
de Orange. Pero no iba a ser ésta la única coronación
de tu vida. En aquel mismo instante me di cuenta de que habías
sido elegida para la gloria. El tiempo me dio la razón.
Pronto llegarían pequeños papeles en televisión
y alguna que otra película de serie B con la que adquiriste
cierta experiencia (Volver al Amor, 1980; La Maldición
de la Reina Dragón, 1981; Callie and Son, 198 l). Pero
yo sabía que aquello sólo era el principio de
un largo romance con el público, una audiencia que
contempla anonadada tus películas pero que ignora que
a quien realmente miras desde la pantalla es a mí.
Muchos hubiésemos preferido verte en el lugar de Olivia
Newton John en Grease hay que reconocer que la australiana
canta un poco mejor que tú , pero tuvimos que conformarnos
con admirar tu belleza junto a MaxweIl Caufield en la secuela
del celebrado musical. No es que esta película sea
de mis preferidas, pero gracias a tu presencia, tu mirada
felina y tu cara de ángel, salí de la sala como
flotando en las nubes, casi sin poder reaccionar.
Desperté cuando comprobé lo que ya me temía:
detrás de ese rostro de virgen renacentista se escondía
todo un carácter, un talento interpretativo de altura.
Sólo tú podrías haberte convertido en
sofisticada mujer fatal para brillar a la altura de Al Pacino
en El Precio del Poder, uno de tus mejores trabajos.
Pero este descenso a los infiernos no iba a ser el último.
Sentí celos de Jeff Goldblum en Cuando Llega la Noche,
agarrado a tu mano a lo largo de dos horas. Esa mano tendría
que haber sido la mía. Juntos hubiésemos recorrido
la noche, en silencio, bajo la intensa luz de las estrellas...
¡Oh Michelle, Michelle! Tuviste que convertirte en
halcón para enamorar a Rutger Hauer y al mundo entero.
Lo que daría yo por un instante romántico junto
a ti, al anochecer, dejándome seducir por tu naturaleza
animal.
Algo pareció cambiar desde entonces. Te habías
convertido en una estrella y ya no me mirabas desde la pantalla.
Yo continuaba devorando tus películas, una tras otra,
pero ya no me mirabas... Querías volar sola, querías
ser libre y, quizás por ello, aceptaste demostrarle
tu valía a Alan Alda en Dulce Libertad, uno de los
hitos de tu filmografía.
Cuando empezaba a desesperanzarme, volví a caer bajo
tu hechizo al verte convertida en una de Las Brujas de Eastwick.
¿Qué extraño conjuro me hiciste? Desde
entonces te juré amor eterno y nunca más dudé
de ti. Te quiero incondicionalmente aunque de vez en cuando
te revuelques con George Clooney o te pierdas en los brazos
de Matthew Modine. Sé que cuando cierras los ojos estás
pensando en mí. Y yo en ti aunque los tenga bien abiertos.
La comedia había llamado a tu puerta y tenías
que demostrar al mundo que podías no sólo cautivar,
sino también divertir. Aunque a mí no tuvieras
que demostrarme nada. Yo sabía de lo que eras capaz.
Por eso no me sorprendió comprobar tu vis cómico
excéntrica en Amazonas en la Luna o tu condición
de mujer de armas tomar en Casada con Todos. Todos comprobaron
que una cara de angel también puede desmelenarse y
poner el grito en el cielo.
Pero llegó Mel Gibson, tan serio, tan conservador
y tan machista que tuvo que someterte a su yugo en Conexión
Tequila. Más tequila y menos conexiones con gente de
este estilo, Michelle hazme caso...
Y me lo hiciste, aceptando uno de los personajes más
brillantes de tu carrera: Madame Tourvel en Las Amistades
Peligrosas. Entonces comprobé que tú también
podías morir de amor, y sin perder tu dulce sonrisa.
Pasé semanas de duelo hasta que comprobé que
se trataba de pura ficción, porque enseguida estabas
encaramada al piano de Los Fabulosos Baker Boys. No me extraña
nada que provocases una auténtica tormenta de hielo
entre ellos. Ese vestido rojo no le sienta bien a cualquiera,
pero sobre tu piel resultaba espléndido, inigualable,
inolvidable... ¡Qué bien deslizas tu inmaculado
trasero sobre el piano de cola, Michelle! ¡Con qué
dignidad consientes que te nominen una y otra vez al Oscar!
Los galanes hacen cola para trabajar contigo, aunque nunca
logren llegar a conquistarte. Hasta Sean Connery se esforzó
en estar a tu altura en La Casa Rusia, o lo que es lo mismo,
la guerra fría en versión de una actriz caliente.
Y tu reencuentro con Al Pacino resultó más que
brillante. Tú eras Frankie, él Johnny, dos corazones
tan solitarios como el mio, que te ahora noche tras noche,
desde que te descubrió.
Tantos premios, tantas nominaciones, tantos fans suspirando
por ti y tú, como siempre, concentrada en tus personajes:
camarera, vocalista, aristócrata y hasta ama de casa
obsesionada con el asesinato de Kermedy en Por Encima de Todo,
otra de tus gloriosas interpretaciones.
Gloriosa resultó también tu sofisticación
en Batman Vuelve ¿Quién podría haber
maullado mejor que tú como Catwoman? Bello felino de
mirada inquietante, aráñame por favor. Que mi
sangre sirva de prueba de mi inmenso amor por ti, por tus
garras, por tu delicado látigo...
Y por si no fuera suficiente, rememoraste La Edad de la Inocencia.
A pesar de tu dudosa reputación en esta película
del gran Scorsese, no me extraña nada que Daniel Day
Lewis perdiera la cabeza por ti y ya no volviera a recuperarla.
Yo lo hice hace tiempo.
Uno de tus grandes retos fue el de enfrentarte a la furia
de un Jack Nicholson transformado en Lobo. Sólo un
tierno espíritu como el tuyo sería capaz de
bañar de poesía los secretos de la licantropía.
Lobos, halcones, gatos... ¿En qué bestia quieres
que se transforme tu humilde ratoncito? Habla, mi amor, y
yo seré tu animal de compañía. Un animal
que te proteja de las Mentes Peligrosas de esos alumnos tuyos
del instituto, esas fieras que sólo una impronta como
la tuya puede domesticar. Domestícame también
a mí, si ese es tu deseo.
Pero tu deseo más inmediato tenía el rostro
de Robert Redford y la atmósfera de Íntimo y
Personal. Nunca me había sentido tan celoso como cuando
le permitiste que te besara. ¡Robert, apártate!,
grité desde la tercera fila, pero Redford no se apartaba
y el despecho hizo que me peleara con el espectador de detrás.
Te perdono, Michelle. Después del incidente fue todo
un detalle el que aceptases interpretar a una muerta en Feliz
Cumpleaños, Amor Mío. Lo siento por Peter Gallager,
que se pasa toda la película esperando que resucites,
pero, esta vez, menos, no tuviste que besar a nadie. Aunque,
siendo realista, a mí tampoco...
De nuevo, la infidelidad. Todo mi gozo en u pozo y esta vez
con George Clooney, con quien pasaste Un Día Inolvidable
completamente olvidada de mí, tu admirador número
uno. Te odio, Clooney, te odio. Vi en el brillo de sus ojos
que Michelle te deseaba. ¿O eres tan buena actriz que
ya no distingo la realidad de la ficción? ¿Me
quieres Michelle? Dime que sí.
Después heredaste la Tierra junto a Jessica Lange
y Jennifer Jason Leigh, pero ¿Te heredaré yo
algún día a ti?
De haber vivido, William Shakespeare se habría inspirado
en ti para escribir El Sueño de una Noche de Verano.
De momento, me conformo con contemplarte como Reina de las
Hadas o madre abnegada y sufriente En lo Profundo del Océano,
tus últimos trabajos.
¿Qué tienes Michelle que tu amistad procuro?
Todavía recuerdo aquel día en que te convirtieron
en reina de la belleza, desde entonces te convertiste en mi
reina, la única soberana de mi corazón.
Te quiero, Michelle.
Siempre tuyo,
Annibal Lecter
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