«Feliz cumpleaños, amor mío»: lo que nunca muere
En clave de romántico melodrama con ribetes de cine fantástico, una correcta y por momentos brillante adaptación de una obra teatral que no desmiente su origen escénico, cuyo mayor aliciente es el trabajo de su variopinto reparto, con excepción del excesivamente blando Peter Gallagher, protagonista absoluto y catalizador de la acción.
Resultado de la colaboración entre el productor y guionista, David E. Kelley, y el realizador, Michael Pressman, ambos procedentes de la televisión, para la que ya habían trabajado juntos en la más que notable serie «Picket Fences», «Feliz cumpleaños, amor mío» es la versión cinematográfica de la obra teatral homónima de Michael Brady, que el segundo había dirigido con gran éxito en el «off Broadway». Y aunque no haga olvidar su origen escénico, pese a los denodados esfuerzos para conseguirlo de sus artífices, que «airean» la acción cuanto pueden -y pueden mucho-, no por ello se ve con menor interés.
Aunque, en buena medida, parezca claro que hay cosas y situaciones que en la pantalla resultan mucho más artificiosas que en el escenario y, en consecuencia, menos creíbles.
Porque responde el filme a ese planteamiento tan habitual en el teatro americano de que con motivo de una reunión -de preferencia, como en este caso, familiar, aunque con un testigo extraño-, problemas que llevan arrastrándose años -dos, en la ocasión-encuentran solución definitiva. Y así, asistiremos no sólo al abandono por un viudo reciente, refugiado en una casa costera de Nueva Inglaterra, de su fijación por la esposa muerta, con la que habla o cree hablar cada noche, sino a su difícil reencuentro con la hija adolescente, que a su vez encontrará el amor, mientras la cuñada se reconcilia con el que fuera marido de su hermana y con el propio, todo ante los ojos de una invitada a la celebración del día en que la difunta hubiera cumplido treinta y siete años -que es, a la vez, el segundo aniversario de su fallecimiento- para que ligue con el inconsolable...
Como se ve, demasiadas cosas para un fin de semana. Y como, para que todo quede claro, se utilizan diálogos llenos de frases lapidarias que subrayan lo que el espectador ya sabe o cuando menos intuye, hay momentos en que la película deviene pasablemente reiterativa y roza el aburrimiento. Para evitarlo están ante la cámara una serie de actores y actrices que, salvo excepciones -la más flagrante es la del superblando y pretendidamente angelical Peter Gallagher-, llevan a cabo trabajos admirables, trátese de jóvenes o de adultos, de consagrados o de prácticamente noveles, que de todo hay en el reparto. Con mención especial para Michelle Pfeiffer, que, en un papel relativamente no protagonista, aunque sí fundamental, el de la muerta, a caballo entre lo mítico o, cuando menos, mitificado, y la aparente modestia, actúa en todo momento como lo que es, una «superstar». Que, por añadidura, está casada con el productor y guionista.
César SANTOS FONTENLA |