Gente. Michelle Pfeiffer:
maestra de cine
EL mayor problema del hombre moderno
es que nace sin saber qué lugar
le corresponde ocupar en la vida. Esto
no sucedía en la Edad de Oro, cuando,
como señala Frithjof
Schuon, el hombre nacía
sabiendo por sí mismo que Dios
existía, sin necesidad de que nadie
se lo enseñara ni de tener que
realizar ritos que periódicamente
se lo recordaran. Pero ahora, en la Edad
de la Mugre, la más elemental ignorancia
y el desamparo mental más rampante
son la norma no sólo en lo que
a la esfera de lo sagrado atañe,
sino en todos los órdenes y desórdenes
de la vida mundana; nadie sabe si ha nacido
para estudiar histología o para
labrar la tierra, si para componer música
o reparar artefactos averiados, si para
obedecer o para mandar, si para la vida
contemplativa o para competir en el cuadrilátero
por el cinturón de los pesados.
Los hay que ni siquiera saben con qué
carta quedarse en la partida de los afectos
íntimos, de donde el ridículo
mito –nacido de traducciones chapuceras
de libros orientales– de que «todos
somos bisexuales, algo así como
si dijésemos que «todos somos
de Burgos”... Afortunadamente, quedan
mujeres que son capaces de tirar por la
borda nueve años de carrera militar
en los Marines y ponerse a dar clases
de inglés en un instituto arrabalero
a jóyenes de nada edificantes instintos
y que –como es lógico en
el mundo que hemos brevemente descrito–
no lo tienen nada claro, dando así
al hombre de la Edad de la Mugre la verdadera
lección que las feministas tanto
predican; una leccción tan torera
como la del conocimiento del sitio.
Esto es lo que hace, si no Michelle
Pfeiffer, al menos la Lou Anne
Johnson a la que quien fuera la condesa
Olenska de «La
edad de la inocencia»
y la cantante de «Los
fabulosos Baker Boys»,
novia de Batman y del Hombre Lobo, viuda
de gangster picospardero, bruja de Eastwick
y disidente rusa, pero, sobre todo, la
misteriosa Lady
Halcón de una Edad Media
que los historiadores desconocen, da vida
en «Dangerous
minds», su último
trabajo para el cine.
Con apenas treinta y siete años,
Michelle Pfeiffer
dice empezar a saber lo que es el miedo
a envejecer. Claro que, para miedos, el
que debió sentir Eva cuando vio
morir a Adán y se dio cuenta de
que ella también pasaría
por esa puerta, tal y como nos cuenta
el apócrifo «Vida de Adán
y Eva fuera del Paraíso».
Las evas de hogaño, sin embargo,
tienen en el menester de combatir contra
las arrugas un rodaje que a nuestra madre
mítica le faltaba, y Michelle
Pfeiffer puede –y dice–
hallar consuelo en que Jessica Lange y
Meryl Streep, unos cuantos añetes
mayores que ella, han triunfado recientemente
en sus respectivos papeles ante la cámara.
Siempre me han intrigado esos extraños
seres que aseguran sentirse «viejos”,
«jóvenes”, «maduros”,
«niños»... Ha de tratarse
de gente con un alma diferente, de otro
peso y color. Todo parece indicar que
los que se sienten viejos a los treinta
y siete deben constituir una importante
rama o subdivisión, numerosísima
en este Edad, de la primera categoría
enunciada.
Joaquín ALBAICÍN
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