VIGENCIAS SOCIALES
Por Julián Marías
de la Real Academia Española
HACE más de veinte años leí una larga, apacible, despaciosa novela titulada «The Age of Innocence». Su autora era Edith Wharton, nacida en Nueva York en 1862, muerta en 1937. La novela se publicó en 1821, y su acción se sitúa en los medios más distinguidos de Nueva York en el decenio de 1870, es decir, en el que Edith Wharton conoció de niña o poco más.
Ahora, Martin Scorsese ha convertido la novela en una película. A pesar de su considerable longitud, su ritmo lento y la minuciosidad con que se ha seguido el texto, ha conseguido reducirla a las dimensiones propias del cine mediante una voz en off que en alguna medida «cuentan» parte de la historia. Hay que decir que este artificio está muy hábilmente usado.
La película se inicia con una representación de Fausto en la Academia de Música de Nueva York (todavía no existía la Metropolitan Opera House). Como el siguiente escenario es un suntuoso baile privado, toda la primera porción de la película está inundada por la música. Pero en sus intersticios se va deslizando la acción.

Newland Archer (Daniel Day-Lewis) es un joven de la sociedad más distinguida de Nueva York, ciudad entonces relativamente pequeña, estable y de rigurosas convenciones. Vive con su madre y una hermana, ejerce la abogacía, sin gran empeño, en una famosa firma jurídica. Está enamorado de May Welland, muy joven, bella, de igual distinción, emparentada con las pocas familias que dominan socialmente la ciudad. En el baile hace público el compromiso de ambos, adelantado porque ha llegado a Nueva York la condesa Olenska, perteneciente también a la familia de la novia, pero que ha tenido una vida azarosa, tras un matrimonio desgraciado con un conde polaco, del que se ha separado después de varios años de vida fastuosa en Europa. Hay rumores de que el secretario la ayudó en su huida, y hubo una relación profunda entre ellos después. Se trata de que la sanción social de lo más granado de Nueva York normalice la situación de Ellen, nombre de la condesa Olenska. La historia es, como puede verse, de vigencias sociales.
May Welland es Winona Ryder. Ellen, Michelle Pfeiffer. Los tres actores principales tienen un ajuste perfecto a sus papeles, y otro tanto se puede decir de los muchos más, secundarios pero llenos de matices, que intervienen en la historia. Ellen es una mujer de gran belleza, independiente, llena de vitalidad, impulsiva, con una experiencia hondamente triste que aflora con frecuencia, pero con una indómita voluntad de alegría. Newland, sinceramente enamorado de May, muchacha excelente y atractiva, siente la fuerza, la novedad, la espontaneidad de Ellen, el afán de vida que en plena juventud se ve ahogado por una red de presiones favorables, amistosas, que velan por ella, por su paz y su buen nombre. Ellen, que no admite ni por un momento volver con su marido, desea divorciarse; pero en el Nueva York de 1870 las leyes lo aceptan, pero las costumbres de su medio lo encuentran unpleasant, desagradable.
Newland recibirá el encargo de mostrar a su casi prima -pronto lo será- la inconveniencia de su propósito. Esto los aproxima, hace nacer en el joven abogado un amor que no quiere siquiera reconocer, y que será correspondido. Se casará con su prometida May, que da muestras de enorme generosidad y de extraña perspicacia en algunos momentos, y desde estos supuestos se irá desarrollando la historia, como podrá ver el espectador.
Esta película de Martin Scorsese se parece poco a la mayoría de las que había dirigido. Es lenta, apacible, intimista, sin violencias extemas, con una admirable reconstrucción del Nueva York aristocrático de hace más de un siglo. Es, sobre todo, una historia de amor, cuya fuerza aparece siempre envuelta en el decoro social de los protagonistas.
Ha tenido este director al acierto de apoyarse en un texto literario valioso. Fuera de los Estados Unidos es muy poco conocida la literatura de este país hasta la aparición de Eugene O'Neill y, sobre todo, de la extraordinaria generación de Faulkner, Scott Fitzgerald, Hemingway, Wilder, Steinbeck, Dos Passos, Caldwell. La única excepción había sido Poe, y en menor grado Melville. Pero había más, y hay unos cuantos autores que merecen leerse y que además ayudan a entender la génesis de su país.
Decía antes que «La edad de la inocencia», tanto la novela como la película, es una historia de vigencias sociales. Pocos asuntos son más interesantes, delicados y difíciles de analizar. Lo más original de esta historia es que las «presiones» sociales no son violentas, hostiles, negativas; son más bien protectoras, tienden a ayudar y proteger. La ilustre familia se moviliza para «abrigar» a Ellen, envolverla, defenderla, asegurar su bienestar y paz. A cambio, ciertamente, de la aceptación de una forma de vida, de unas normas que no se discuten, que parecen excelentes, y, sobre todo, la realidad misma. Éste es el núcleo dramático de esta historia tan finamente puesta en imágenes.
Me pregunto si el cine estará despertando de lo que puede llamarse una pesadilla. En algunas películas recientes se advierte una resistencia a la simplificación, a la grosería y la violencia, a la reducción zoológica de las personas. Es curioso que se inicie una actitud de pedir ayuda a la historia real o a la literatura, tal vez al pasado reciente, como si fuera el lugar en que puede uno refugiarse para volver a reclamar la condición personal de la vida humana. Ojalá sea así.
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