Gente. Michelle Pfeiffer:
la prima de «La edad de la inocencia»
EN el Nueva York de finales del XIX,
un abogado de alto copete se promete con
una joven de buena familia. Clase, dinero,
educación, ambiciones: todo les
une y nada les separa..., excepto la gozosa
aparición de una prima de la novia
recién llegada de Europa, cuya
belleza y misterio hacen tambalearse al
mundo (hasta entonces edificado sobre
convicciones tan firmes como el qué
dirán y el supremo valor de la
apariencia) del joven Newland Archer.
Ley de vida: siempre –o casi siempre–
son las primas, amigas o compañeras
de colegio, facultad, trabajo, etc...,
de nuestras novias las que nos descubren
nuestros verdaderos gustos, durante tanto
tiempo escondidos bajo el caparazón
de la prepotencia y el falso orgullo.
Todo un tocho, «La
edad de la inocencia», de Edith
Wharton, galardonado con el Pulitzer,
que sirve para que cambie Martin
Scorsese las dudas del Cristo clavado
en el madero por las del amante indeciso
y traslade la temática central
de su cine –la angustia– desde
el Nueva York postkennediano de «Taxi
driver» o «Malas
calles» al Nueva York de
moral victoriana al que aún no
habían llegado ni Vito Corleone
ni Andy Warhol.
La condesa Ellen Olenska, que sorbe a
Daniel Day Lewis
(«Una habitación
con vistas», «El
último mohicano»)
la sesera, no es otra que Michelle
Pfeiffer, de donde ninguna extrañeza
causa ni que el prometido salga contestón
y pierda el sueño por ella (porque
todavía nos estamos preguntando
cómo se le ocurrió a Coppola
que un señor
de los pies a la cabeza como conde Drácula
pudiese volverse rumba y acabar empalado
por tía tan ñoña
como Winona Ryder)
que, al olerse que se puede liar una gorda,
todo su mundo natural –la familia,
los amigos y una novia que ni siquiera
concibe que pueda su prima convertirse
algún día su rival–
se confabule para mantener una estricta
vigilancia que torbe todo lo posible y
mantenga a los amantes separados. Antigua
técnica que, a la larga, no sir
para nada.
Naturalidad frente a hipocresía,
jamón de Jabugo frente a canapé,
clavel frente a jazmín. Todos los
hombres que han sido o son dichosos le
deben mucho a alguna Michelle
Pfeiffer.
Joaquín ALBAICÍN
|