En Portada:
MICHELLE PFEIFFER
En la pantalla
luce transparente y luminosa pero Michelle
Pfeiffer, 33 años, la estrella
más dorada de Hollywood en los
últimos tiempos, esconde en la
vida real una mujer oscura, pesimista,
solitaria y, sobre todo, permanentemente
asustada. Es una persona contradictoria
y lo sabe. Michelle se define a sí
misma como la reina de las tinieblas.
KORO CASTELLANO
Etérea y pálida, tan transparente
como un hada recién levantada,
Michelle Pfeiffer
se parapeta tras una sonrisa congelada.
Odia las entrevistas. Odia la prensa y
la fama. Odia que la gente la reconozca
por la calle y se precipite a pedirle
autógrafos. Experta en el arte
de huir de los demás, maestra en
la especialidad de disimularse, ahuyenta
el alboroto con manos de garza. La melena
rubia, los ojos asombrados, el frunce
de sus labios, son sólo parte de
su puesta en escena. "Sé
que parezco justo lo contrario, pero soy
de naturaleza oscura, una persona extrema.
Tan oscura que me han puesto motes como
el de reina de las tinieblas. Soy pesimista,
impaciente y quejica. Cuando miro un vaso
medio lleno, yo siempre lo veo medio vacío",
confiesa. "Y
aunque estoy aprendiendo a ser más
luminosa, sé que nunca seré
Doris Day".
Desde que salió de detrás
de la caja registradora del supermercado
californiano donde trabajaba y debutó
haciendo globos con un chicle eterno y
sin sabor en Grease
2, embutida en una cazadora rosa,
Michelle Pfeiffer permanece alerta. Hace
ya seis años que dos cineastas
independientes, John
Landis y Jonathan
Demme, dispararon sobre su rostro
los primeros pistoletazos de salida y
así se abrió la veda para
cazar sus ojos tristes. Sin embargo, Pfeiffer
ha hecho cualquier cosa excepto resignarse.
Tímida hasta extremos inimaginables,
la estrella más dorada de Hollywood
dice sufrir por estar en el punto de mira.
"Estoy siempre
asustada, siempre. Cuando me mandan un
guión nuevo, cuando lo acepto...
Y la semana antes de rodar, y la primera
semana de rodaje, estoy segura de que
antes o después me despedirán".
Sin tener en cuenta esta inseguridad
galopante, un sinfín de directores
ha asaltado la hacienda donde ella se
refugia en Los Ángeles y hasta
se han colado en su Range Rover para seducirla
con nuevos guiones. Y, gracias a su insistencia,
entre sus méritos ya se incluyen
dos nominaciones al Oscar como mejor actriz:
Las amistades
peligrosas le costó tres
crisis nerviosas y una tempestuosa relación
con John Malkovich,
y en Los fabulosos
Baker Boys tuvo que aprender a
arrastrarse sensualmente sobre un piano
de cola mientras cantaba con una voz llena
de musgo. En su último estreno
Frankie
y Johnny, dirigida por Garry
Marshall (Pretty
woman) y acompañada por
Al Pacino,
Pfeiffer aparece demacrada, solitaria
y llorosa, vestida de camarera y con el
pelo oliéndole a cebolla frita,
protagonista absoluta de una historia
de perdedores.
"Si fuera
por mí, trabajaría gratis",
afirma, "pero
considero mi sueldo como una compensación
a todas las molestias que esta profesión
me causa. Quisiera pasar desapercibida.
Quisiera que me dejaran sola. Nunca sé
si alguien se me acerca porque le intereso
de verdad o porque quiere trepar a mi
costa. Me cuesta relacionarme con la gente
y no me gusta hablar de mí misma.
Por eso prefiero actuar: es mucho más
fácil declamar frases que otro
ha escrito para ti, frases que no te comprometen,
que no te descubren. De todas formas,
nunca he tenido muchos amigos. Soy perfectamente
capaz de pasarme noches enteras sola delante
de mi vídeo. Me basta conmigo misma.
Estoy mejor que con los demás".
Michelle Pfeiffer encarna por sí
sola el prototipo de antidiva. Discreta,
implacable y perfeccionista, insiste en
hacer cosas que sacan de quicio a la ambiciosa
industria del cine. Pfeiffer se matricula
en cursos de filosofía medieval
en universidades veraniegas y jamás
se maquilla para salir a la calle. Es
capaz de parar rodajes como el de La
Casa Rusia en Moscú,
donde se negó a trabajar si las
autoridades soviéticas no levantaban
la prohibición de que el equipo
norteamericano de la película pudiera
dar de comer a los extras rusos. "Ver
toda aquella miseria me libró de
toda la tontería que yo llevaba
encima", aseguró a
su vuelta. Es capaz también de
rechazar sustanciosos papeles protagonistas
y correr a hincarse de rodillas ante Tim
Burton, realizador de Batman,
para suplicarle una diminuta aparición
como Catwoman. "Rogué
y rogué por aquel personaje, llamé
a todo el mundo que conocía, supliqué
y hasta me ofrecí a hacerlo gratis.
Tenía que ser Catwoman por encima
de todo y no paré hasta conseguirlo".
Pfeiffer, nacida en California hace 33
años, ganó su primer sueldo
sacando brillo a los electrodomésticos
y aparatos de aire acondicionado que su
padre arreglaba. Por cada calefacción
que dejaba reluciente, la pequeña
Michelle recibía 50 centavos y
se le permitía revolver en el taller
a su antojo. En el colegio se reían
de ella por el mohín de sus labios,
ese frunce que ahora ilustra algunas consultas
de cirugía estética de Los
Ángeles, y ella se avergonzaba
de sus piernas de alambre y su cara de
niña buena. Sus primeros pasos
antes de convertirse en sex symbol de
la pantalla consistieron en una infancia
de marimacho, trepada a todos los árboles
que encontraba a su paso, continuas peleas
a bofetones con los niños de su
clase y expulsiones del aula cada dos
por tres.
Tuvo que esperar a la universidad para
desmelenarse. Se echó de novio
a un fornido campeón deportivo,
hizo surf en las playas de California,
fumó marihuana y hasta se afilió
a una secta religiosa, vegetariana y metafísica.
Fue entonces, desde su puesto de cajera
del supermercado del barrio, cuando se
le ocurrió por primera vez que
podría ser una buena actriz. "Se
convirtió en una obsesión
para mí. Me recuerdo perfectamente,
vestida con mi delantal y mis zapatillas,
con mi cola de caballo y aquellas tremendas
ganas de dejar de teclear precios y devolver
cambios. Me imagino que ya entonces debía
soñar con todo esto, todo lo que
me pasa ahora, y desearlo enormemente,
porque si no, no se hubiera convertido
en realidad".
En esas circunstancias, a su peluquero
no le costó mucho convencerla de
que se presentara a un concurso playero.
Pfeiffer ganó sin esfuerzo el título
de Miss Orange County y, reina por un
día, aprovechó la ventaja
sobre los cientos de muchachas californianas
que también querían ser
estrellas para sonreír en varios
anuncios televisivos y marcharse a Los
Ángeles a dar clases de arte dramático.
Tenía sólo 23 años,
un tremendo afán de irse de casa,
la misma cara de no haber roto nunca un
plato y su primera contradicción:
querer ser actriz y querer pasar desapercibida
al mismo tiempo. Por supuesto, la ciudad
de Los Ángeles no se dio por enterada
de su llegada.
Pfeiffer volvió a presentarse
a un nuevo concurso de belleza, pero esta
vez perdió. Quizá como premio
de consolación, el destino le concedió
algún que otro papelillo decorativo
con el que inaugurar su biografía
cinematográfrica. Charlie
Chan y la maldición de la reina
dragón, título
que ella ha conseguido borrar de su memoria,
fue el primero. "Ser
rubia y bonita, dar el perfil de chica
californiana, me condicionaba mucho. Mi
fisico me obligaba a negociar, a esperar
inútilmente papeles interesantes.
Me negaba a ser la típica bum-bum
de adorno", recuerda. Entre
audición y audición conoció
a Peter Horton
(protagonista de la serie televisiva Treinta
y tantos), se enamoró y
se casaron, dibujando un panorama doblemente
desolador: dos aspirantes a actores, en
paro y sin un duro, recorriendo las agencias,
arañando papeles de extra, refugiándose
en un apartamento en miniatura. Pfeiffer
se consolaba con larguísimas conversaciones
telefónicas, la mitad de ellas
llorándole a su agente, la otra
mitad, cotilleando con la también
novafa Ellen Barkin
(Mi querido
detective), tan desesperada como
ella.
"Quizá
me viene de entonces la costumbre de hablar
con mi familia todos los días.
Estoy fuera de casa, pero sigo ejerciendo
de hermana mayor. Llamo a mis hermanas,
de 25 y 24 años, antes de meterme
en la cama. Y a mis padres. Es que siempre
se han preocupado por mí, les he
hecho sufrir tanto... Aunque creo que
últimamente están más
tranquilos con la vida que llevo",
ríe.
Tras divorciarse de Horton, que sigue
siendo su mejor amigo después de
los siete años de matrimonio, Pfeiffer
se agita dentro de una montaña
rusa, siempre escoltada por paparazzis
y rumores sobre su vida privada. "Todo
el mundo quiere compartir su vida con
alguien, pero la soledad se ha convertido
en algo muy valioso para mí. Yo
no soy una experta en relaciones amorosas.
Estoy tan tarada como todos los demás",
afirma. El resto de la coctelera lo conforman
guiones, viajes, llamadas, películas
con Sean Connery,
Mel Gibson,
Jack Nicholson,
Daniel Day Lewis,
rodajes, premios, estrenos, su rostro
en todos los quioscos, en todas las carteleras,
en todas las ciudades.
Sólo hay una regla de oro: "No
rodar más de dos películas
al año. Siempre
he decidido por mí misma, para
bien o para mal. Siempre he sabido dar
un paso atrás y mirar los problemas
de frente y con distancia. Pero cuanto
más éxito tienes, más
difícil es. Hace seis años,
era muy fácil. Todo me iba tan
mal que no tenía que preocuparme.
Pero ahora todo va deprisa, como en un
parque de atracciones, directores con
los que siempre había soñado
me llaman y me dicen que me admiran, que
quieren trabajar conmigo. Y yo tengo que
sentarme y pensar bien quién soy,
dónde estoy, qué es lo que
quiero hacer. Y si no me gusta el proyecto,
tengo que rechazarlo, decepcionar a gente
que no quieres decepcionar, echar ideas
abajo. Eso me resulta muy difícil.
Pero confío en mis instintos. Es
la única manera de no equivocarme.
Lo malo es que es muy difícil distinguir,
entre todas las voces que me hablan, cuál
es realmente la mía".
"Sé
que parezco estúpida diciéndolo,
pero en mi caso, mi cara sigue siendo
una carga. Me siento como si se me exigiera
estar siempre guapa. Como si no pudiera
permitirme que me vieran en el supermercado
y luego dijeras eso de 'he visto a Michelle
Pfeiffer comprando el pan y estaba horrorosa,
con el pelo sucia horrorosa'. No quiero
convertirme en una, víctima de
eso. Me niego a hacer de mi cara centro
de mi vida".
Frankie
y Johnny, donde se la ve descuida
da y un tanto mugrienta, ya ha llegado
a la carteleras y, entre duda y duda,
Pfeiffer rueda con Scorsese
un nuevo drama que añadir a si
lista. Hollywood tasa su nombre en más
d tres millones de dólares por
película, pero ella sigue quejándose,
torturándose sin prisa per sin
pausa. "Me acuerdo perfectamente
d cuándo me di cuenta de que me
había convertido en estrella. Fue
en San Francisco, hace un año.
Vi en un quiosco una revista con mi cara
en la portada. Y debajo sólo ponía,
en letra grandes, Michelle. Nada de Michelle
Pfeiffer Sólo Michelle. Entonces
pensé, ya está, ya estoy
aquí. Pero todavía no estoy
segura de que merezca la pena".
Dominada
por una secta
California, años setenta.
Sol, playa, marihuana y surf ¿Qué
podía hacer Michelle Pfeiffer,
de poco más de 20 años,
para dar mayor interés a
su vida? La respuesta no es fácil:
Pfeiffer se afilió a una
secta metafísica y vegetariana.
'Me Imagino
que estaba pasando por una etapa
extraña en mi vida y aquel
grupo de gente extraña me
hacia sentirme acompañada.
Me gustaban sus hábitos de
comida, sus ejercicios físicos".
Pfeiffer frecuentó aquel
círculo durante bastante
tiempo y tardó en darse cuenta
de lo que se traía entre
manos. 'Fue
gracias a mil ex marido. Peter (Horton)
tenía que hacer una película
sobre la secta de los munis, y nos
fuimos a San Francisco a investigar
para preparar el papel. Tapamos
una cita con uno de los desprogramadores
de cerebros, uno de esos expertos
que ayudan a gente que ha estado
en sectas, y durante la conversación,
me di cuenta de que todo lo que
estaba diciendo aquel tío
era lo que yo hacía con aquella
gente de Los Ángeles. Palabra
por palabra, punto por punto, todo
coincidía. Y yo allí,
sentada, mientras me abrían
los ojos, pensando que estaba atrapada,
que me había metido en una
secta, que tenía que salir
de allí. Fue una experiencia
muy dura, espantosa... Todavía
me entran escalofríos cuando
hablo de esto'. |
La
antidiva
La vida diaria de esta estrella
de cine es muy distinta a la de
la mayoría. Para ella las
cosas más valiosas no sólo
no son las que cuestan más
dinero, sino justamente ciertos
valores intangibles: independencia
y privacidad. Vive sola en Los Angeles,
en una casa de adobe estilo hacienda
española, construida en 1917.
No quiere tener asistenta para que
nadie se inmiscuya en su intimidad.
Reservada y solitaria, Michelle
Pfeiffer no va a fiestas ni a cenas,
y sólo recibe en casa a un
puñado de amigos íntimos,
entre los que se cuenta la actriz
y cantante Cher. Nunca se maquilla
para salir a la calle y, en las
conversaciones, siempre es ella
la que hace las preguntas. "No
me gusta hablar de mí misma",
se defiende. "Por
eso odio las entrevistas, por eso
quiere que me dejen tranquila"
Divorciada de Peter
Horton, con quien estuvo
casada siete años, el nombre
de Michelle Pfeiffer ha sido asociado
últimamente con los de
otros actores como John
Malkovich, Michael
Keaton, Steve Fisher —un
actor desconocido de 21 años—
y Al Pacino.
"Creo
que todo el mundo desea encontrar
otra persona con la que compartir
su vida, pero la soledad se ha convertido
en algo muy valioso para mí",
se defiende. |
Reencuentro
Se conocieron en un plató,
hace ya ocho años. Michelle
Pfeiffer, siempre asustada
en una esquina, se enfrentaba a
su primer papel importante. Al
Pacino, protagonista absoluto
de la película en la que
hace de narcotraficante, ni siquiera
le dirigía la palabra. La
película se titulaba Scarface,
el precio del poder y su
director era Brian
de Palma. Ocho años
después, Pacino y Pfeiffer
han vuelto a coincidir delante de
la cámara con Frankie
y Johnny, esta vez bajo
las órdenes de Garry
Marshall (Pretty
Woman). "Ambos
hemos cambiado mucho, nos hemos
relajado. Sobre todo él.
Cuando empezamos este rodaje solía
recordarle las cosas que me hacía
en Scarface, cómo me despreciaba.
lo es posible', contestaba siempre,
`yo no be podido hacerte eso'. Pero
si que lo hacía",
recuerda Pfeiffer. "Ahora
es una persona mucho más
accesible". |
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