Gente: Michelle Pfeiffer
y Al Pacino, amor entre los pucheros
BRIAN de Palma
los unió por vez primera en «El
precio del poder», versión
libre del clásico de Howard Hawks
«Scarface».
Ahora es Garry Marshall,
el de «Pretty
woman», quien los asocia
en «Frankie
y Johnny», película
que, según su director, parte de
que «el príncipe
azul o la Cenicienta pueden estar muy
cerca: pueden ser nuestro vecino o nuestro
compañero de trabajo. Puede que
no sean perfectos, pero están hechos
para nosotros».
De Pacino lo sabíamos casi todo
desde que Coppola lo llamara para encarnar
a Michael, el hijo de don Vito que llegaría
a soportar, con el paso del tiempo y de
otros dos «padrinos», el peso
y la diabetes de la familia Corleone.
Vendrían después «Serpico»,
«Justicia
para todos», «A
la caza», «Revolución»...
De Michelle Pfeiffer
nos quedaba la imagen de niña buena
y melindrosa en «Grease
2», película que
hacía honor a su título
y no pasaba de mediocre y apagada. Sacaría
después adelante, gracias a su
belleza un tanto complicada pero capaz
de cautivar a una cámara tanto
como al espectador, títulos de
muy distinto signo como «Lady
Halcón», «Cuando
llega la noche» o «Dulce
libertad». Convertida
en hechicera para «Las
brujas de Eastwick»,
demostró que tras su rostro angelical
podían esconderse la malicia y
una mente retorcida, mientras que en «Casada
con todos» tuvo ocasión
de lucir sus cualidades para la comedia
y, para colmo de eficacia, en «Los
fabulosos Baker Boys»
se nos revelaba como una más que
digna cantante. Sin desperdicio.
Pero su mayor éxito artístico
se lo debe a Stephen
Frears y su adaptación de
«Las amistades
peligrosas», en donde encarnaba
a la huidiza e inaccesible Madame de Tourveille,
al cabo rendida en los brazos del seductor
vizconde de Valmont, quien por siempre
será bizco gracias a la mirada
turbia y oblicua de John
Malkovich.
Ahora, Pacino es Johnny, el nuevo camarero
de un café de barrio en donde Frankie
(Pfeiffer) trabaja de camarera. Johnny
la elige para ahuyentar de su vida la
soledad, pero conseguir que ella se comprometa
es tan difícil como preparar cinco
platos a la vez...
Lo cierto es que la ficción se
convirtió en realidad y, al parecer,
ambos tuvieron más que palabras
fuera de campo; no es de extrañar,
pues, la cara de pánfilo que se
le queda a Pacino cuando la contempla.
Aunque puestos a imaginarnos —que
todavía es gratis— en su
lugar, quién no se turbaría
ante rubia tan encantadora.
Manuel MARTÍNEZ
CASCANTE
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