Gente
La mujer del
piano
POR mucho que Michelle
Pfeiffer haya participado en unas
diez películas, para mi —y
es posible que para el gran público
también—, sigue siendo la
fabulosa chica que bailaba sobre el fabuloso
piano en la película «Los
fabulosos Baker Boys».
Claro que destaca su dulcísimo,
logradísimo papel en «Las
amistades peligrosas», su
imagen falsamente delicada envuelta en
trajes pomposos, tules y muselinas, casi
como una porcelana china envuelta en obleas
o en lechugas celestiales, empelucada,
empolvada, con lunares relucientes como
pupilas redondas como lunares, imagen
muy adecuada a lo que creemos que fue
estéticamente el siglo XVIII, al
estereotipo, al tópico del siglo
de las luces. Un Casanova y una dama impalpable,
el arquetipo de la conquista, de una cierta
masculinidad, y el arquetipo de lo femenino
por antonomasia, ambos igualmente falaces.
Y por encima de todo un amor sin barreras,
un amor que supera los límites
del sarcasmo y de la decencia, que supera
y desborda a ambos personajes.
Pero a mí denme la chica del piano.
«Tenía
un terrible miedo de caerme»,
creo que dijo la Pfeiffer en el programa
de Angel Casas
— «Angel Casas Show»
— cuando rodamos la escena. Un piano
negrísimo, pulidísimo, brillante
como unos zapatos de charol, sin mácula,
sin la huella de unos dedos, de un vaso,
de un beso. Un piano con dientes de marfil
en el teclado —«ebony
and ivory», ébano
y marfil, que cantaban Jackson y McCartney—,
un piano como la capota de aquellos coches
antiguos que eran los señores del
camino a cuarenta por hora y parecía
que tenían los faros de oro, un
piano y unos tacones. Tacones altos, finitos,
tacón de aguja, fetichistas, negras
pezuñas para unos pies delicados
y unas piernas firmes, incisivas, crueles
acaso, las piernas de la nueva mujer,
la dueña de sus actos, de su cuerpo
y de sus sentimientos, la emancipada,
la dura, despectiva como el hombre escéptico,
incrédulo, desencantado de hoy.
Y una canción, claro, muchas ocasiones,
el mito del «night club» y
de la bohemia, unos labios pintados, una
sonrisa robada, unos ojos ovalados que
si no fueran ovalados serían los
ojos enormes de un besugo, de un pejesapo,
pero maquillados, duros como el diamante,
la chica del piano.
Ahora Michelle
Pfeiffer —la chica a quien
su padre educó como a un hombre—
ha rodado con Al
Pacino «Franky
y Johnny», a las órdenes
de Garry Marshal,
el director de «Pretty
Woman», esa cinta de tanto
éxito en todo el mundo, con Julia
Roberts como Cenicienta. Pacino
y Pfeiffer, un par de ases para la fama,
un mafioso de película y una chorba,
una ja, una gachí esculpida, una
chica de película. Habrá
que verla.
Pau FANER
|