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DIRIGIDO POR... | March 1984 |

«Scarface» Preview

 

EL NUEVO SCARFACE

Cuando todo parecía apuntar a que, en su progresivo y cada vez más evidente proceso de despersonalización, Brian de Palma había tocado fondo con Blow Out (Impacto, 1981), haciendo de lo gratuito una finalidad y una herramienta de trabajo, he aquí que el realizador se muestra capaz de superarse a sí mismo para lo peor. En su última película, Scarface, titulada en España El precio del poder, el ya irreconocible autor de Hermanas y El fantasma del Paraíso va todavía más lejos que en Impacto, haciendo algo que sin duda puede sorprender a sus exégetas (que, a pesar de todo, aún los tiene): realizar el «remake» de una vieja película de Howard Hawks (puestoargumentalmente al gusto y a las artificiales demandas del día), cayendo de bruces en las mismas trampas en las que han caído antes que él algunos de sus colegas enfrentados a empresas semejantes: Paul Schrader con respecto a Tourneur; John Guillermin con respecto a Schoedsack y Cooper; Bob Rafelson con respecto a Chenal, a Visconti y a Garnett; John Carpenter con respecto a Nyby... Esto es, intentar desesperadamente hacer explícito lo implícito, cargar la mano en la cantidad de los ingredientes después de valorar su actual cotización en el mercado, sustituir lo sugerido por lo subrayado, destacar en primer término lo que antes estaba situado como fondo, hacer un discurso sobre lo obvio. Me gustaría dejar claro, antes de seguir, que mi rechazo de esta revisitación del Scarface hawksiano no obedece a ningún tipo de purismo, a ninguna añoranza cinéfila por los tiempos idos, ni a una descalificación apriorística de la idea misma del «remake» (de cualquier «remake»). En primer lugar, porque el purismo me horroriza; en segundo lugar porque, aunque sea obligado proclamar que jamás el cine ha estado tan mal como en los años ochenta, también es necesario reconocer que estamos viviendo en unas circunstancias muy peculiares; y en último lugar poque no tengo nada personal contra la noción misma del «remake», que me parece teóricamente válida. Además, incluso olvidándome de la existencia del precedente hawksiano, este Scarface de Brian de Palma me seguiría pareciendo una película execrable.

El primer planteamiento que tuvo que hacerse De Palma fue si debería afrontar una reconstrucción «retro» (siguiendo los caminos de Roman Polanski en Chinatown y de Bob Rafelson en El cartero siempre llama dos veces), devolviendo el personaje de Scarface al contexto de los años de la Prohibición, o bien intentar amoldar la figura del gangster a la América de 1980. Como lo «retro» ya no se cotiza tan bien como antes, De Palma optó por lo segundo, mucho más gratificador a la hora del reconocimiento de su autoría. Tony Montana (Al Pacino) es uno de los ciento veinticinco mil cubanos expulsados de la isla por Fidel Castro en 1980 (conocidos popularmente como «marielitos», a consecuencia de haber embarcado en el puerto cubano de Mariel). El film, que comienza precisamente con unas imágenes documentales del obligado exilio, muestra a Castro pronunciando unas palabras significativas: «No los necesitamos; la Revolución no los necesita». Y así como Cuba fue, bajo el régimen de Batista, un prostíbulo yanqui, Miami se convierte en una réplica cubana de esa situación anterior. La ciudad, que será definida en un diálogo de la película como «un enorme coño esperando que lo jodan», es otro burdel de lujo controlado por los cubanos anticastristas, donde conviven los millonarios con los asesinos a sueldo, los traficantes de cocaína con los policías sobornados, las busconas con los anticomunistas viscerales («yo mataría a un comunista por divertirme», comenta Tony en cierta ocasión). Tony Montana es, así, el espejo en el que se refleja la corrupción ciudadana, pues todos -millonarios, asesinos, traficantes, policías, busconas y anticomunistas- entran en relación con él. Una vez elegidos el marco social y las circunstancias personales del nuevo Scarface, sólo quedaba por trabajar en la estructura del film. Y por aquí, De Palma, conjuntamente con el guionista Oliver Stone, elige el camino más fácil y seguro -de probada eficacia dentro del género «negro»- de la llegada, ascensión y caída de un gangster (lo hemos visto durante treinta años, desde el Scarface de Hawks hasta La ley del hampa de Boetticher). El procedimiento narrativo es el mismo: primero se presenta a Tony Montana como un emigrado pobre y brutal, dispuesto a todo para conseguir poder y disfrutar así de «lujo, dinero y mujeres»; luego se le hace ir «subiendo» hasta conseguir hacerse hombre de confianza de un poderoso «boss» (llamado aquí Frank López: Robert Loggia), quien morirá, como siempre, a manos de nuestro personaje; y, finalmente, será el propietario de un efímero imperio de sangre que acabará al mismo tiempo que su propia vida. Esta estructura, de procedencia cinematográfica donde las haya, se complementa a su vez con una serie de referencias cinéfilas: Tony confiesa admirar a Cagney y a Bogart; el atentado contra Tony en la sala de fiestas provoca la muerte de un payaso de aire tourneuriano y un plano de inspiración fulleriana; el cubano Omar utiliza un inhalador como el Lee Marvin de Sábado trágico, de Fleischer; hay incluso una cita verbal a la infausta Queimada de Pontecorvo; y la «Pequeña Habana» de Miami recuerda no poco la «Pequeña Italia» del Padrino 2 de Coppola, descrita mediante el mismo sistema de acumulación detallista. Evidentemente, De Palma es un buen conocedor del cine (ya le vimos fagocitando a Hitchcock, con indigestión incluida), pero también un mal cineasta y un mal alumno. Ante todo porque - digámoslo ya - su película está puesta al servicio de la gratuidad de los movimientos de cámara, y porque subraya tanto sus intenciones (eso que, variando según las épocas, se ha venido llamando alternativamente «mensaje» o «discurso») que termina resultando cansino, reiterativo y a la larga empobrecedor. En las grandes películas de gangsters, el retrato social es, a la vez, un complemento y una necesidad del propio retrato del personaje, así como también queda muy claro que el gangsterismo es una consecuencia más de la corrupción social. De Palma no lo muestra, sino que lo dice; y no se contenta con decirlo, sino que lo subraya. Cenando en un restaurante de lujo, Tony, borracho, les grita a los comensales que necesitan a gente como él para poder señalarla con el dedo, para poder gritar: «¡ése es el malo!». Antes de El precio del poder esto mismo se ha expresado con mayor elegancia. Una vez más, De Palma apuesta por lo seguro, por lo conocido: por la necesidad que tiene una sociedad descompuesta de disponer de una «víctima» propiciatoria que le sirva para ocultar tras ella su ruindad. Lo mismo sucede con la opulencia y el fasto del gangsterismo/del tráfico de cocaína: cuanto más se empeña Tony en declarar que «todo lo que tengo en la vida son mis cojones y mi palabra», cuanto más se aproxima al techo de riqueza y poder que ambiciona, tanto más destaca De Palma su condición de perdedor, llegando hasta el extremo de poner en boca del personaje de Elvira (Michelle Pfeiffer) estas innecesarias palabras: «somos perdedores y no ganodores». Pero el ánimo subrayador de Brian de Palma se extiende, para desgracia del espectador, incluso al estilo de la película: acerca la cámara hacia Tony para resaltar el efecto que le produce la primera aparición de Elvira, con un atractivo vestido verde, en el ascensor interior de la residencia de López; efectúa un movimiento de grúa-zoom en picado para mostrar a Tony solo en la bañera de la enorme habitación, gritando que no le hace falta nadie; cuando Tony le hace un regalo a su hermana, De Palma inserta el objeto en primer término: un corazón de oro con la inscripción «A Gina, siempre»; viendo bailar a Gina con un hombre, hay un inserto de los ojos de Tony en primer plano, etc. En este sentido, la atracción incestuosa de Tony hacia su hermana tiene un tratamiento desdichado. No importa ahora si Howard Hawks y Ben Hetch tuvieron que ajustarse a la sugerencia a causa del código Hays; lo que importa es que De Palma cae en el ridículo más absoluto ilustrando atrozmente esa atracción incestuosa: después de la muerte de Manny (el equivalente actual de George Raft en el film de Hawks), acaecida aquí después de haberse casado con Gina, para acentuar más la estupidez del asesinato, será la propia Gina quien se ofrecerá, desnuda, al hermano, antes de caer abatida a tiros por el comando de mercenarios. El momento, que alcanza la cima de lo grotesco (a lo que ayuda la horrible interpretación de la actriz), responde con exactitud a las pretensiones del director: sobrecargar innecesariamente de elementos todas las situaciones hasta saturarlas. Incluso la famosa frase «The World is Yours» («El mundo es suyo») del film de Hawks está ahora colocada en un lugar visible dentro de la casa de Tony Montana. Y las armas utilizadas en el film oscilan desde la efectista sierra mecánica hasta la escopeta de cañones recortados (que permitirá mayor espectacularidad en los momentos de violencia).

Si la puesta en escena de El precio del poder consiste en rendir culto a la obviedad, los movimientos de cámara son de una monotonía exasperante. De Palma soluciona todo mediante el movimiento en grúa: todas las secuencias comienzan con grúa, terminan con grúa o tienen en medio un movimiento en grúa; hay grúa para describir el ambiente del campo de exiliados cubanos, hay grúa para mostrar a Tony hablando en una cabina telefónica, hay grúa para enseñar únicamente una cámara de vídeo de circuito cerrado.... hay grúa para todo; la grúa es el principio y el fin de la película. Diríase que De Palma ha descubierto al inefable Bertolucci de Novecento. Por si esto fuera poco, existen además dos factores que precipitan el total hundimiento del film: la interpretación de Al Pacino y la horripilante música de Giorgio Moroder. Al Pacino, que basa su interpretación en aplicar la máxima antes transcrita, y su entendimiento del personaje en demostrar que la importancia de la toma del poder se refleja en la belleza de la hembra tomada, convierte poco a poco El precio del poder en una payasada sin gracia, haciendo de Tony Montana una insólita mezcla del Mr. Hyde de una película de serie C, de gangster de Jerry Lewis y del gesticulante Opale de Renoir, mientras va reflejando su degradación en la forma, cada vez más ostentosa, que tiene de aspirar la cocaína (resulta casi imposible frenar la carcajada viéndole meter la nariz dentro de una montaña de cocaína que guarda encima de la mesa y exhibirla luego tan blanca como la de un clown). Giorgio Moroder compone una chirriante y estridente música discotequera con «dolby» capaz de alterar los nervios mejor templados. Esta música, el subrayado, Pacino y la grúa gratuita son los ejes que mueven este nuevo Scarface. Quizá los años ochenta no merezcan otra cosa mejor.

José María Latorre

Estados Unidos, 1983.
Título original: Scarface.
Producción: Martin Bregman para Universal.
Director: Brian de Palma.
Guión: Oliver Stone.
Fotografia: John A. Alonzo.
Montaje: Jerry Greenberg, David Ray.
Música: Giorgio Moroder.
Director 2.ª unidad y secuencia títulos: David Dreyfuss.
Panavision, technicolor.
Duración: 170 minutos.
Intérpretes: Al Pacino (Tony Montana), Steven Bauer (Mannu), Michelle Pfeiffer (Elvira), Mary Elizabeth Mastrantonio (Gina), Robert Loggia (Frank López), Miriam Colon (Mamá Montana), F. Murray Abraham (Omar), Paul Shenar (Sosa), Harris Yulin (Bernstein), Angel Salazar (Chi Chi), Arnaldo Santana (Emie), Pepe Serna (Angel), Michael P. Moran (Nick, el Cerdo), Roberto Contreras (Rebenga), Wayne Doba (Octavio, el payaso)

 

Artículo estraído de DIRIGIDO POR... (ES) Marzo, 1984
por Michelle Pfeiffer, The Face

 
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