Vivir con Jubilo | July-August, 2008
Estilos de vida:
Michelle Pfeiffer: Íntima y personal
Guapa, sexy, enigmática… La belleza de Michelle Pfeiffer permanece intacta desafiando al paso de los años. Acaba de cumplir los 50 y aún tiene mucho que decir detrás y delante de las cámaras.
Por Manuel Gutiérrez de los Ríos
Es muy bella, bellísima. Sus ojos, verdes coralíneos, deslumbran al mirarlos y desmayan a los curiosos. Su nariz, rectilínea, raya la perfección, y su boca, otrora excesiva, ha hecho real el mito del patito feo. Cuando era una jovencita, allá por los años setenta, lloraba en los brazos de su madre y clamaba por sentirse poco agraciada. Pero no contaba con el tiempo, que, a veces, es amable. Con ella lo fue y su entonces gran apertura bucal se convirtió en una refrescante fresa carnosa que busca ser devorada.
Pero si la hermosura asomaba al exterior, el paso de los años fue remodelando su lado acaso más brillante. Con la seguridad que proporciona el gozar de un físico casi perfecto, tuvo los redaños de dedicar parte de su juventud a forjarse una personalidad que entonara con su aspecto. Trabajó duro, y, sin importarle habladurías, fue abriéndose caminos que desembocaron en una espléndida carrera, calculada casi al milímetro, pero sin olvidar que la vida, además de un camino de trabajo, es también una fuente de satisfacciones. Procuró divertirse, dio rienda suelta a sus pasiones y gozó en sus años de gozar.
Esa etapa de su vida fue un regalo para los concursos de belleza y las pasarelas por las que desfiló y, día a día, fue forjando el aplomo suficiente para dar el salto definitivo a lo que ya de pequeña le vaticinaba su madre. “Mi pequeña actriz”, le espetaba ésta cuando, a causa de sus travesuras, organizaba disimulos para no enconar a su progenitor, hombre de malos modos y de peor carácter. Aun así, o por ello, cayó en las garras de una secta cuyo culto sometía su voluntad, y su estilo de vida cambió sus hábitos alimenticios hasta dejarla en una extrema delgadez. Fue una nube de verano. Conoció a un estudiante de arte dramático y, tras un breve noviazgo, se casaron. Con él lamió sus heridas y olvidó sus coqueteos con el peligro, y de ahí, empujada por el nuevo ambiente, comenzó una interesantísima carrera cinematográfica. Ya encauzada y tras algunos papelitos en películas olvidables, no tardó en conseguir el éxito, una consagración que concretó interpretando a una brujita de un trío formado por ella, Cher y Susan Sarandon, al que daba réplica nada menos que el mismísimo Jack Nicholson. Ya dentro de Show business y rodeada de tentaciones, abandonó a su marido y cuentan que se dedicó a merodear las camas de muchos de los más famosos actores del momento. Entre película y película entretuvo sus horas libres con sus partenaires, con los consiguientes daños colaterales, uno de los cuales fue el divorcio de John Malkovich, con quien, cuentan, mantuvo una intensa relación durante el rodaje de Las amistades peligrosas.
Tal era la vorágine, que la todavía joven Pfeiffer, harta de lo que puede suponer una vida salpicada de trabajo e idilios, pero algo vacía de contenido, tomó una difícil decisión y adoptó una niña. Poco después, y tras conocerlo en una cita a ciegas, se casó con el productor David E. Kelley, en una boda que dejó boquiabiertos a propios y extraños. Él aceptó sin pestañear a Claudia Rose Kelley, una hermosa niña negra, a la que unos años más tarde siguió el primer hijo biológico: John Henry. Su papel de madre la apartó del espectáculo durante algún tiempo y rechazó papeles como el de Evita. “Prefiero ver a los niños disfrutando de la vida conmigo y no tener que arrastrarlos a aburridos rodajes”, manifestó para justificar su negativa. Es una madre ejemplar. Sólo trabaja en Los Ángeles para no separarse de sus vástagos, y cuentan los cotillas de Hollywood que ama a su marido con locura.
Así pues, la bella Pfeiffer, que recientemente ha cumplido los 50 años, ha labrado a base de coraje, belleza y talento una carrera envidiable que acompasa con descansos familiares.
Quizá algún retoque, unido a la paz que proporciona una equilibrada vida, puedan haber hecho real el binomio mens sana in corpore sano, y la actriz continúe goteando muestras en la pantalla y pueda presumir de que se puede seguir siendo atractiva hasta muy entrada la mayoría de edad. Ella, además, no teme al paso de los días, y recientemente ha manifestado sin remilgos que tiene la fuerza suficiente para enfrentarse a ese devenir.
Article scaned and transcripted by PfeifferTheFace.com












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